“¡Silencio, silencio, cerdita!”. El improperio fue dirigido por Donald Trump a Catherine Lucey, corresponsal de Bloomberg en la Casa Blanca, cuando ésta le preguntó sobre los documentos relacionados con el caso del pederasta Jeffrey Epstein, y es el paradigma del antirrepublicanismo.
¿Y qué dejamos para esto?: Nos cuenta El País de Madrid que “este jueves el presidente (Donald Trump) ha publicado mensajes en su red social que reclaman la pena de muerte por ‘comportamiento sedicioso’ para un grupo de legisladores demócratas que han llamado a los militares del país a no cumplir órdenes que sean ilegales”.
Los integrantes del Senado y de la cámara baja estadounidense, todos ellos exmiembros de las fuerzas armadas, se refirieron en un video a que el presidente norteamericano busca “enfrentar a nuestros militares y a nuestros profesionales de la comunidad de inteligencia con los ciudadanos de este país”.
En una reunión con todos los generales estadounidenses, Trump había indicado que “Estamos siendo invadidos desde dentro. No es diferente de un enemigo extranjero, pero en muchos sentidos es más difícil porque no llevan uniformes.
El mandatario estadounidense, se refirió a donde estaba ese enemigo: “En nuestras ciudades interiores —de lo cual vamos a estar hablando, porque ahora es una gran parte de la guerra. Es una gran parte de la guerra”. Y dijo que le había comentado al ministro de defensa, Pete Hegseth que “deberíamos usar algunas de estas ciudades peligrosas como campos de entrenamiento para nuestras fuerzas armadas —la Guardia Nacional, pero también el ejército.”
La respuesta del mandatario estadounidense al vídeo de los legisladores no se hizo esperar. En sus redes sociales escribió: “¡COMPORTAMIENTO SEDICIOSO, que se puede castigar con la MUERTE!” Y más”: “Esto es verdaderamente malo, y Peligroso para nuestro País. No se puede tolerar que esas palabras queden así. ¡¡¡COMPORTAMIENTO SEDICIOSO DE TRAIDORES!!!.
Las palabras Trump no pasaron desapercibidas. Según El País de España, un acólito del presidente contestó al mensaje del presidente, en este gran eco de males en que se han convertido las redes sociales, “Colguémosles. GEORGE WASHINGTON LO HARÍA”.
¿O esto otro, a propósito de un episodio distinto, el servicio conmemorativo del ex vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney? El analista independiente Richard Haas, escribió: “la imagen de dos expresidentes (Bush y Biden), junto con tres exvicepresidentes (Gore, Pence y Harris) sentados confortablemente juntos ofrecía un bienvenido recordatorio de otro Washington.
La ausencia de cualquier representante de la administración Trump subrayó que la división principal en el Washington actual es menos entre republicanos y demócratas que entre los tradicionalistas dispuestos a trabajar dentro del sistema político existente y los radicales que prefieren quebrar normas y políticas de larga data”.
Los anteriores son ejemplos de cómo se va erosionando la democracia y vienen a cuento para recordar que la Republica, la Democracia, la Libertad y la Paz que éstas posibilitan, no son parte de un paisaje geográfico que siempre está allí para nuestro regocijo.
Se nos preguntará —y tal vez con cierta razón— ¿por qué en vez de traer a colación casos de la realidad estadounidense, no hemos buscado otros similares o peores, verificados a diario, rutinariamente, en Rusia, Venezuela, Cuba o Nicaragua?
Por una sencilla razón, porque —como en nuestro país— en Estados Unidos de América la libertad de prensa fue postulado primario de la revolución independentista y una constante en el desarrollo de la nación. Del mismo modo, porque la convivencia, la tolerancia y la discusión —enardecida, sí, pero respetuosa— forjaron el tránsito hacia el Estado moderno que hoy conocemos. Y cuando éstas faltaron o amagaron con faltar, su ausencia se hizo mucho más notoria.
El mundo, por desgracia, asiste a una época tensa, de confrontaciones (muchas veces innecesarias) bullangueras que no aportan nada a las soluciones de los grandes problemas, vengan ellos de muy atrás o sean parte de nuevos desafíos. El maniqueísmo. La opción fácil del blanco y el negro que nos planta en ideas apriorísticas y no nos permite avanzar, negociando, y llegar al gris.
Se nos preguntará. . .Y contestamos, porque la decadencia, el retroceso que supone una convivencia violenta es la base, aún en aquellos países que parecían inmunes al autoritarismo, del principio del fin.
En estas últimas semanas Uruguay asistió a hechos que, bien mirados, debieran encender las alarmas. No es de puro tremendistas, pero cuando vemos acciones que no buscan más resultados que traer agua para el molino propio, sin pasar por el tamiz de la razón, nos preocupamos.
Sean estos una conferencia de prensa para anunciar un acto de gestión que debería pasar desapercibido entre los tantos asuntos que una Administración lleva adelante, y que actúa como detonador de opiniones simplistas con fuerte carga política; o la ignorancia de preceptos constitucionales para disimular malas decisiones gubernamentales; o las chabacanas demostraciones de violencia física en los ámbitos de discusión en los que el pueblo ha puesto a sus representantes.
Acciones que, además de mostrar lo peor de unos cuantos, distraen la atención y energía para temas más trascendentes, nuevos o viejos, urgentes o no. De aquellos que importan, porque de su solución o atención depende la reafirmación de lo que somos o nacimos para ser. No la negación de nuestra esencia.
