
La frase es el título de un libro publicado por Leonardo Padura en 2015 y sirve de epígrafe al primero de sus trece relatos: La puerta de Alcalá. El cuento relata el improbable rencuentro de dos amigos luego de diez años de alejamiento. La situación es conmovedora y les sirve a ambos para comprender que el afecto sigue ahí, pero que sus vidas ya se han separado de una manera que ambos terminan por considerar irreversible. Vuelven a separarse, esta vez conscientes de que será para siempre.
Y puesto que se trata de un epígrafe, bien podría serlo también del episodio que protagonizan los partidos que componen el oficialismo, a raíz del fallo judicial que absolvió al exteniente coronel de Carabineros Claudio Crespo en el caso del ahora diputado electo Gustavo Gatica. Es posible que este episodio no represente sino la forma que finalmente esté asumiendo algo que desde siempre ha estado deseando ocurrir, algo que era necesario que ocurriera: el sinceramiento de la relación imposible entre un Socialismo Democrático y una izquierda que, en ese fuero interno que se expresa en reacciones espontáneas, sigue siendo octubrista.
Como recordé hace un par de semanas en este mismo espacio, aunque la relación entre los partidos del Socialismo Democrático -y particularmente el Partido Socialista- con el sector de la izquierda que integran el Partido Comunista y el Frente Amplio, se justifique sobre la base de episodios como la Unidad Popular o en principios vagos y nunca plenamente realizados como el de “unidad de la izquierda”, lo cierto es que la diferencia entre ambos sectores habla de dos visiones del mundo que no son sólo incompatibles, sino que para el Socialismo Democrático han derivado en una situación completamente tóxica.
La realidad de las diferencias parece estar clara en el episodio que ahora los divide, pero quizás el contexto contribuya a aclararlas un poco más. El 18 de julio de 2021, día de su triunfo sobre Daniel Jadue en las elecciones primarias de ese año, Gabriel Boric proclamó ante sus adherentes una frase que rápidamente se viralizó: “Si Chile fue la cuna del neoliberalismo, también será su tumba”. Era el destilado más refinado de su pensamiento, no contaminado por concesiones a aliados ni saludos de protocolo a adversarios. Se limitaba a reiterar su compromiso íntimo y lo hacía ante SU gente: ante una izquierda “pura” como la describiría Giorgio Jackson tiempo después ya en el gobierno. En ese momento y en ese lugar, no había nadie que pudiera identificarse con el Socialismo Democrático y ni siquiera con el Partido Comunista. Eran sólo ellos y, por eso, si bien las palabras “revolución” o su sinónimo “refundación” no fueron dichas por el recién electo candidato, estuvieron flotando sobre las cabezas de sus seguidores estimulando libidos y prefigurando futuros largamente anhelados.
En ese instante, “la tumba del neocapitalismo” fue una metáfora que, como hacha de verdugo, se alzó también sobre el cuello de los dirigentes políticos del Socialismo Democrático que, durante treinta años y blandiendo los argumentos de una -para los reunidos esa noche- “pretendida” política democratizadora y estabilizadora, no habían hecho más que “administrar” el instrumento del enemigo, aquel neoliberalismo cuya defunción el joven candidato anunciaba eufórico esa noche.
Ahora, casi transcurridos cuatro años y una experiencia gubernamental completa, el gobierno de Gabriel Boric está en proceso de rendir cuentas a esos mismos seguidores de lo realizado durante esos cuatro años. Ha correspondido la tarea a la ministra Secretaria General de Gobierno Camila Vallejo, quien lo hizo el pasado lunes mediante un artículo de opinión en El Mercurio. Una cuenta exitosa de la gestión, totalmente consecuente con la arenga del candidato Boric años atrás, debería haber exhibido los restos en descomposición del neoliberalismo, sacados de su tumba para ser expuestos como demostración de la labor cumplida. Pero, para desazón de aquellos seguidores que escucharon extasiados aquella arenga, la ministra no dio cuenta de la muerte y funeral del neoliberalismo, sino que destacó como logros luego de cuatro años de gobierno la disminución de la inflación, la recuperación económica, la estabilización de las cuentas fiscales y el repunte de la inversión extranjera, además de la consolidación del sistema de AFP. Logros encomiables sin duda y todos ellos constatables y veraces, pero… todos ellos más dignos de un gobierno guiado por el enemigo -ese neoliberalismo cuyo funeral se anunciaba aquel 18 de julio- que del que aquella misma noche se comprometió a acabar con él.
Todavía más: Camila Vallejo mostró como difíciles las tareas llevadas a cabo y lo hizo con frases como “los gobiernos no siempre inician su mandato con un país ordenado y estable. A veces lo hacen en medio de incertidumbre, desconfianza y un descontento acumulado. Ese fue nuestro punto de partida… Frente a ese panorama, la primera tarea fue clara: estabilizar el país, devolver las certezas…”. Pero, ¿acaso la tarea de las tareas, lejos de la “estabilización” -palabra que la izquierda pura sabe bien que sólo sirve para ocultar la concesión de ventajas a los poderosos- no era cavar la tumba del neoliberalismo? ¿No era ese el objetivo de los portadores del descontento acumulado que escuchaban aquella noche a su líder? Y no paró allí, agregó que “…gobernar fue mucho más que administrar lo posible. Fue hacernos cargo de un país herido, un país roto: estabilizar cuando todo temblaba”, sin reparar que buena parte de quienes habían escuchado a su candidato electo en 2021 habían estado en las calles hiriendo y rompiendo al país y la totalidad de ellos habían celebrado que “todo temblara”.
La cuenta que el gobierno ha estado rindiendo con exposiciones como las de Camila Vallejo, bien podría estar demostrando que, durante el proceso de gobernar, algunos, ojalá muchos, de quienes aquella lejana noche escucharon al futuro Presidente y principalmente él mismo, terminaron por abrirse a la aceptación de reformas dentro de la democracia liberal como el camino posible para la superación de injusticias y desigualdades y abandonaron, genuinamente y sin dobleces, la cultura victimista y refundacional que habían practicado durante los años precedentes. La reciente candidatura de Jeannette Jara, que ellos apoyaron en la elección de diciembre, parece abonar esa posibilidad. Varias de sus propuestas como candidata -la promoción de la inversión privada en infraestructura, la defensa de la responsabilidad fiscal, la apertura a alianzas con sectores empresariales- se asemejan demasiado a los planteamientos realizados en su momento por la Concertación de Partidos por la Democracia y respaldados por los partidos de derecha; un comportamiento que suena auténtico al escuchar, mucho más recientemente, el llamado de Jara a una autocrítica verdadera de la izquierda y su decisión de evaluar su continuidad como militante del PC.
Toda esta situación es sin duda promisoria y plantea la posibilidad de configurar, en un futuro próximo, frentes políticos aún más amplios que aquel que representó la Concertación de Partidos por la Democracia, así como el inicio de un período de estabilidad política y económica que permitiría recuperar la senda de progreso que el país siguió los primeros años posteriores a la recuperación de la democracia. Pero también es, sin duda, una situación que abre paso a una interrogante esencial: ¿es sincera la evolución de personeros de la izquierda comunista y frenteamplista hacia una visión reformista, quizás socialdemócrata de la política? O se trata sólo de una acomodación táctica a una realidad que les da la espalda y los lleva, como al Gran Hermano de Orwell, a una “neolengua” que da a los conceptos significados inversos (“Guerra es Paz, Libertad es Esclavitud, Ignorancia es Fuerza, Estabilidad es Refundación, Inversión extranjera es buen gobierno”).
Es en este contexto en que tuvo lugar el fallo judicial que absolvió al ex teniente coronel Crespo. El episodio vino a ser una confirmación del principio de que, así como el agua siempre encuentra un camino para fluir y, cuando no existe, aprovecha grietas o erosiona lentamente hasta a la misma roca, la verdad también termina abriéndose paso y, creando sus propios caminos, acaba por mostrar la realidad. Y en este caso la realidad es que una parte importante del Frente Amplio y del Partido Comunista, enfrentados a una situación para ellos extrema, no han vacilado en rechazar un fallo judicial ajustado a los hechos según explica su sentencia, sino que han acusado a sus -hasta ese momento- aliados y al propio gobierno de ser causantes de la situación por haber logrado la aprobación de una ley que, en su opinión, inspiró el fallo que ellos rechazan.
El carácter emblemático del fallo y la razón del rechazo es que el caso de Gustavo Gatica puso en una balanza, de una parte, los principios del cumplimiento de las leyes y la mantención del orden y, de otra, el presunto derecho de quienes estén descontentos con ese orden, a manifestarse con la violencia y el ánimo vandálico que dieron lugar a la represión policial que terminó con el daño irreversible que sufrió el ahora diputado electo. Y este último principio, que pretende ser escamoteado de la atención pública cubriéndolo con la magnitud de la desgracia que afecta a quien sufrió el daño, no es más que “octubrismo” puro: la declaración de que el descontento, aunque sea el de una minoría, puede pretender cambiarlo todo apelando a la fuerza.
Y esa es una diferencia con el Socialismo Democrático que no se puede reducir a una discrepancia de interpretación jurídica o ignorar en beneficio de la justicia que debe recibir Gustavo Gatica. Por ello es explicable que, desde el Socialismo Democrático, el Partido Socialista haya decidido congelar su participación en la alianza de gobierno y en lo inmediato suspender su participación en los cónclaves y comités políticos que estaban programados.
La actitud es clara y probablemente definitiva, lo que agrega un matiz decisivo a la interrogante que enuncié líneas arriba: ahora lo que queda por elucidar es si la actitud mostrada luego de la derrota electoral por el Presidente Boric, por personeros de su gobierno como la ministra Vallejo o por Jeannette Jara, es auténtica. Si seguirán ellos la decisión del Partido Socialista dando por finalizada la coalición que los unió con el Frente Amplio y el Partido Comunista. Si serán capaces de plantearse la construcción de una nueva centroizquierda, abierta al diálogo con sus adversarios y en disposición de dar forma a una estabilidad política que deje atrás la polarización, confine a los extremismos y le ofrezca prosperidad a Chile.
Si así sucede, aquello que estaba deseando ocurrir habrá terminado de ocurrir.



