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Antes. . . y después
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Antes. . . y después

Habrá un antes y un después del brutal ataque de Hamás a Israel. Desgraciadamente lo habrá.

Porque eso no es guerra, ni reivindicación territorial. Y si lo es, lo es desde una perspectiva rastrera que no atiende el mínimo respeto a las víctimas, a su gente, a su pertenencia y a su nación. Ni a a la religión, ni a la forma de vida, ni a la libertad. Libertad que los perpetradores, en su desvarío radical han perdido hace rato. Son presos de su fanatismo.

En un tiempo en el que ya no se puede esquivar el dolor, o el horror, porque nos lo acerca cualquier teléfono inteligente al alcance de nuestras manos, con la misma intensidad con que rechazamos las imágenes que nos ha tocado ver, agradecemos la oportunidad de haberlas visto. Ser testigo de esa barbarie, de esa degradación humana en pleno siglo XXI nos permite, primero, no perder la sensibilidad, y segundo, dividir cabalmente —de un lado y de otro— las reacciones sobre el hecho.

El mundo, su gente, está y debe estar conmovido. Y más allá de cualquier consideración geopolítica, o de justicia, o de ideología, no cupo, no cabe, ni cabrá una excusa que justifique el exceso mediante el terror. Por eso es imposible no condenar el terrorismo de Hamás, así como lo es no rechazar cualquier excusa o construcción pretendidamente lógica que evite llamar las cosas por su nombre.

En ese sentido, las sesudas declaraciones de los jóvenes de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay o las de los estudiantes de Harvard, que desde la pacíficas Montevideo o Cambridge, Massachusetts justifican el horror que todos vimos por igual, suponen, a nuestro juicio, un retroceso: en medio de la cultura que otros no gozan ni por asomo, el estómago les da para escribir, sin el mínimo sentido de la oportunidad, algo que pretende justificar lo injustificable, o por lo menos, así lo parece. Eso, en la juventud, que debería tener la sensibilidad a flor de piel, resulta difícil de entender.

Dicho esto, vale la pena detenerse, en la represalia Israelí. Pasada ya una semana del ataque terrorista y habiendo las fuerzas de Israel mostrado su contundencia en Gaza no parece razonable ni constructivo haber dispuesto la evacuación de un millón de personas en un escenario de guerra, ni dar a la población civil condiciones mínimas de seguridad. Porque la guerra es la guerra. Pero ni en la guerra vale todo.

El número de muertos en Gaza ya se equipara al que se registró en Israel. Y las víctimas civiles, o menores de edad, se cuentan por centenas. Las condiciones de vida son extremas y la vulnerabilidad, total. La posibilidad de ayuda humanitaria es limitada. Los hospitales no dan abasto. Gaza está sitiada y no todos sus habitantes son terroristas. 

Nosotros, que desde la escuela traemos como parte de nuestro ser la inspiradora frase de Artigas, “Clemencia para los vencidos” dejaríamos de lado nuestra esencia si no manifestáramos desde ya que la reacción contra Gaza no puede dejar de lado los mismos límites que Hamás traspasó en su fanatismo enfermizo: la inocencia de las mayorías. 

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