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A cualquier precio. . . es siempre caro
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A cualquier precio. . . es siempre caro

Desde más al Norte llegan malas noticias. La parodia democrática a la que Maduro acostumbró al mundo —aunque  en Uruguay no reciba toda la crítica que debiera— es una de ellas. La aplastante victoria de Nayib Bukele en las elecciones presidenciales de El Salvador, es otra.

Insistir en la no-democracia venezolana, por más que  algún precandidato presidencial trate de escurrir el bulto, no es un ejercicio de futilidad. Desde que existe una Carta Democrática Interamericana que deposita en los Estados miembros de la Organización de Estados Americanos el cuidado de la institucionalidad política de nuestro continente, es importante que en los países que integran ese sistema se tenga claridad respecto a lo que es democrático o no. Los políticos nacionales deberían ser contundentes en el punto, ya que si un día les toca ser gobierno, es bueno que la ciudadanía conozca los criterios que tendrán sus representantes ante una posible invocación de la Carta, como ocurrió (por primera vez) cuando Hugo Chavez fue objeto de un intento de golpe de Estado en 2002 o cuando Manuel Zelaya fue depuesto en 2009.

La exclusión de la candidata Corina Machado, cuya inhabilitación es una perla del extenso collar con el que se ha asfixiado a cuanto opositor salió al cruce del autoritarismo chavista primero y de la caricaturesca dictadura que le siguió después, es una muestra más del infortunio de una población castigada —ya fisicamente, ya económicamente, ya moralmente—cuyo destino, con suerte, ha sido el exilio. El cantinflesco Nicolás Maduro se ha apuntado una más para mantener su régimen de corrupción y envilecimiento, y eso debería dolernos a todos.  Guardarse la condena, además una pusilanimidad, es peligroso.

Lo de Bukele, pasa por otro lado. No es que el reelecto presidente no haya acometido contra el Estado de Derecho; sí lo ha hecho. Es que sus violaciones a los derechos humanos, a las garantías de la oposición y a las normas constitucionales que le impedían —¡nada menos!— ser vuelto a elegir, cuentan hoy por hoy, con el beneplácito de la ciudadanía. Y peor degradación de la institucionalidad, no podría pedirse.

No se trata de sostener aquí que el país centroamericano haya sido un dechado de virtudes en lo que a su vida democrática se refiere. No. Pero al menos luego de unas guerras internas sangrientas y crueles, se venía construyendo una cierta institucionalidad, aunque amenazada —cuando no, en la golpeada América Latina— por la corrupción y la violencia.

La barrida electoral del pasado domingo pone a Bukele en una posición aún más peligrosa: la de contar con un respaldo casi total a su carismática figura, más allá del autoritarismo con que ha ejercido —inteligentemente— el poder. Y por eso, además, se ha erigido en “referente” de otros aspirantes a gobernantes, que parecen validar sus métodos de trocar seguridad por votos.

En un continente desesperado por la violencia y la acción del crimen organizado, brindar seguridad “a cualquier precio” es una excelente carta en las votaciones. Pero, bien mirado, da pavor. Como debió haberlo dado el surgimiento de un líder, también carismático y autoritario, en la Alemania que siguió a la primera Guerra Mundial en las primeras décadas del siglo pasado.

Los que se deslumbraron con la riqueza exultante del Chavismo, y fueron vendiendo su libertad de a poco, como los que hoy festejan una seguridad lograda a cualquier costo y la compran con su voto, parecen ignorar que a las dificultades económicas de los regímenes autoritarios siguen protestas y a éstas respuestas duras. Y como Venezuela en su momento, El Salvador tiene desafíos económicos que no se superan con la bien montada publicidad del gobierno.

La historia, en su terquedad, enseña que del autoritarismo sin controles no se sale indemne. Lastima que la lección se olvide fácil.

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