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Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
miércoles, febrero 4, 2026

“Trumpetismo”, el multilateralismo a medida

Una aclaración previa, porque de lo contrario será difícil entender este editorial. La Organización de las Naciones Unidas no es ni más ni menos que lo que los países que la conforman, quieren que ella sea.

Por eso provoca, a veces estupor, a veces gracia, que ante el fracaso de las naciones en llegar a acuerdos dentro de ese foro político, se señale con el dedo a la organización como si ésta tuviera una vida propia, incontrolable a todos los países que la integran.

Es decir, la Organización tiene sus reglas, pero estas no son ajenas a la voluntad de los estados miembros cuando deciden ser parte de ella. Ahora, si dichos estados sienten que su voz no tiene suficiente peso como para sentirse representados o comprendidos, entonces siempre tienen la posibilidad de retirarse.

Esa es la clave del multilateralismo. Se cree en el mismo —con sus deficiencias y sus virtudes— es decir, se asume que la diplomacia y la negociación valen la pena dentro de un ordenamiento jurídico dado. O no se cree.

La enunciación es sencilla. No los son tanto las alternativas al descrédito. . . Porque antecedentes de autoexclusión no abundan y por algo será.

Es cierto, el funcionamiento y los resultados del multilateralismo pueden ser frustrantes. Y como ningún país va a aceptar que es parte del problema, queda más cómodo señalar con el dedo a la ineficacia del Derecho Internacional, o a la burocracia de la organización

Como si el el desarrollo del Derecho Internacional o el establecimiento de la burocracia fuese algo que cayó, como un rayo, del cielo, sin que las naciones y los gobiernos que las representan hayan tenido nada que ver en el asunto. 

Hasta las tan manidas críticas a la Agenda 2030, parecen ignorar que la misma no fue escrita por una entidad divina, ni una mente diabólica, sino que fue producto de un largo proceso de negociación abierto a la academia, a la sociedad civil, al sector privado, a los gobiernos y que, en definitiva, fue aprobada por Jefes de Estado y de Gobierno.

Esto viene a cuento porque en estos días se nos han presentado alternativas posibles al multilateralismo. 

Dejando de lado los ataques a lo internacional mediante el uso de las redes sociales para postear mensajes desquiciados y amenazantes procurando la adquisición de Groenlandia, o los discursos ofensivos e insultantes a países donde la democracia es la regla, ha surgido una idea. . .

La Junta de la Paz.

Al principio una propuesta —apoyada por la ONU— para la pacificación de la Franja de Gaza luego de culminado el conflicto Israel-Hamás, durante el Foro de Davos la Junta fue anunciada, además, como un club de escogidos por el presidente Donald Trump que tendrían que comprar su silla por la módica suma de mil millones de dólares y que obraría también para  mantener la paz en el mundo.

Si bien las normas de funcionamiento no han sido claramente explicitadas, sí se sabe que Trump la presidiría y que la mayoría de los países invitados por el mandatario norteamericano no se destacan precisamente por la fortaleza de sus democracias. 

También se conoce que la Junta Ejecutiva estará integrada por el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio; el enviado especial para Gaza, Steve Witkoff; Jared Kushner, asesor y yerno de Trump; Tony Blair, ex primer ministro inglés; y el presidente del Banco Mundial, Ajay Banga, entre otros. 

Varios países de Europa, como Francia, Noruega y Suecia, han declinado la invitación del mandatario norteamericano. Y por lo menos un par de presidentes sudamericanos, nuestros vecinos Javier Milei, y Santiago Peña, ya integran el cuerpo.

La iniciativa parece solaparse con la misión de las Naciones Unidas, con la diferencia que, por lo que se sabe, este intento de multilateralismo creado unilateralmente, tiene limitaciones importantes, como su integración cerrada, y una agenda en donde los intereses económicos de sus promotores parecen estar a la orden del día. 

En el mismo Foro de Davos el integrante de la Junta y yerno del presidente norteamericano, expuso el “plan maestro” para la reconstrucción de Gaza, presentado al estilo de un desarrollo inmobiliario del tipo de Singapur o Dubai, en el que se construirían altas torres residenciales, frente al mar, nuevo aeropuerto, y puerto, con miras a constituirse en un polo turístico. 

Todo ello sustentado “con ‘una economía de mercado’ con el ‘mismo enfoque’ que Trump aplica en Estados Unidos¨”, según la crónica de El País de Madrid. 

Obviamente, un organismo paralelo a la ONU , con sus mismos cometidos ya nos resultaría preocupante. Pero mucho más si está diseñado a la medida de un político, que sin cortapisas ha declarado regirse más por su moralidad que por el Derecho Internacional. 

De acuerdo al estatuto de la Junta, es Trump quien determina la agenda y, además, tiene poder de veto. En suma, un ¿multilateralismo? más cojo que el actual, del cual tanto se abjura.

Sii el nuevo orden mundial va por donde parece que va, preferimos el viejo.

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