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Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
sábado, enero 17, 2026

La Navidad de 1984

En los últimos días, los medios nos han advertido de un peligro inherente a las reuniones navideñas. Dicen que la polarización constituye una amenaza para la paz que se predica de estos días. Personalmente, me inclino a pensar que el riesgo viene de la idiotización, mucho más propia del ser humano contemporáneo.

Hace un par de semanas, hurgando en las plataformas, me tropecé con la película 1984. Acordándome del despistado Feijóo, pensé que verla podría ser un buen plan para la tarde del sábado. Escrita a finales de los cuarenta, la novela de Orwell describe una sociedad distópica en la que las personas quedan reducidas a la condición de súbditos de un poder que todo lo controla. Paradójicamente, la masa no aparenta sufrir esa alienación; al contrario, acepta la situación y sobrevive sin preocupaciones. Lo cierto es que no fui capaz de terminarla; sabía a qué me exponía, pero la sensación de asfixia me dominó y me cambié a Cine de Barrio.

No quiero ser pesimista, pero, aunque mucho más glamurosa, nuestra sociedad se parece cada vez más a la que describe 1984. El poder —público y privado— domina nuestro pensamiento y nuestras decisiones. Por eso arremetemos contra el cuñado en la cena de Nochebuena, si no es él quien embiste. Sin apenas darnos cuenta, nos convertimos en ariete de terceros. En su conflicto arancelario con China, el objetivo de Trump no era hacer caja, sino ganar adeptos a través de TikTok. Tampoco es inocente la disputa entre Netflix y Paramount por la maltrecha Warner, operación dominada por los intereses estratégicos. La guerra por la capacidad de influir se ha desatado y nosotros somos sus objetivos.

Aterricemos en la política. ¿Por qué todos los partidos hacen cuanto está a su alcance para aumentar su financiación? ¿Para qué ambicionan tanto, incluso delinquiendo? Además de ser una perfecta ocasión para que algunos asalten la caja, lo que pretenden es fortalecer su capacidad de influencia; engañar mejor, si se prefiere, en una perpetua campaña electoral. Hoy, la propaganda cuenta con medios que jamás pudimos imaginar y las redes constituyen un instrumento fabuloso que nos hace pensar que son ciertas las sombras —digitales, por supuesto— que se proyectan en el fondo de la caverna. Ese oscuro mundo de Platón, puesto al día por Saramago, es el que sufrimos. Rompamos las cadenas, cultivemos el criterio propio y compartamos buenos momentos estos días. Feliz Navidad.

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