24.8 C
Montevideo
Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
miércoles, febrero 4, 2026

El centro progresista perdido: los radicalismos y la oportunidad de la reconstrucción colorada

Cuando en 1920 Lenin publicó El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, no discutía con la derecha, sino con su propia gente. Advertía que la pureza doctrinaria —esa obsesión por cambiarlo todo de golpe y sin acuerdos— no es una virtud política, sino un error recurrente.
Lenin explicó que negarse a los compromisos posibles no es fortaleza, sino debilidad, y esa idea resuena hoy en Uruguay. Parte del pensamiento progresista corre el riesgo de preferir el gesto al resultado, y el aplauso interno al cambio real.

El nuevo moralismo político en el Frente Amplio

En los últimos meses surgieron voces dentro del Frente Amplio que reclaman una pureza perdida. Critican la moderación del gobierno de Yamandú Orsi, su “tibieza” frente al capital y su falta de radicalidad en política exterior.
Ese clima se expresó en el movimiento Frenteamplistas: tenemos que hablar, una autoconvocatoria de militantes, exlegisladores y dirigentes sindicales y culturales que, bajo la consigna de “recuperar el corazón a la izquierda”, manifestó su desencanto con una gestión que —según ellos— “no es de izquierda en muchos aspectos”.

Sus reclamos mezclan moral y política: piden definir a Gaza como genocidio, gravar al 1% más rico, eliminar las AFAP y volver a una política exterior abiertamente antiimperialista. El documento final fue más lejos: criticó el presupuesto 2026 por “falta de audacia redistributiva” y advirtió una “fuga de votos por izquierda” por pérdida de identidad.
Lo que comenzó como una crítica fraterna terminó siendo el intento de crear una corriente interna que combina pureza moral con cálculo político. Un proceso de división que empieza a asomar. Ya no se trata sólo de moralismo: es un proyecto de reorganización ideológica dentro del propio Frente Amplio.

Ese fenómeno —usar la emoción moral como herramienta de poder— confirma la advertencia leninista: cuando la izquierda confunde radicalidad simbólica con madurez política, pierde capacidad de transformar. En su impulso de pureza, sustituye el análisis por el reflejo, y la construcción por el gesto.
Pero así como la izquierda puede enfermar de pureza, los partidos históricos, de inspiración liberal y convicciones republicanas, pueden enfermar de otra cosa: el coalicionismo. Cuando un partido se limita a reaccionar ante el Frente Amplio sin identidad propia, también pierde sentido. En ambos casos, la política se vuelve un reflejo: uno de defensa, el otro de protesta. Ninguno construye.

Autonomía colorada y realismo social

Quienes hemos hecho bandera contra el fusionismo defendemos algo anterior: la autonomía política. No se trata de cerrarse, sino de pensar desde una identidad propia los desafíos sociales del país.
A diferencia de cierta izquierda, que reemplaza reflexión por emotividad, el Partido Colorado debe profundizar el realismo en los temas de fondo: infancia, educación, trabajo, integración territorial, seguridad, pobreza y seguridad social.
Un Partido Colorado que aspire a renovarse debe volver a mirar lo esencial: No como eslóganes, sino como compromisos verificables de un Estado eficaz y sensible.

Ni oficialismo a libro cerrado ni oposición automática. El batllismo que propongo es autónomo para pactar: acuerda cuando hay reformas reales con impacto social y se planta cuando se lo invita a administrar el estancamiento.
En síntesis, la autonomía no es un refugio: es una tarea de reconstrucción nacional, basada en la razón batllista y la sensibilidad social del liberalismo colorado.

Reposicionamiento y refundación: el centro como punto de fuga

El objetivo no es restaurar un pasado, sino reconstruir a partir de un reposicionamiento claro. El fusionismo no sólo vacía identidad: dispersa electorado. Empuja a sectores batllistas desencantados hacia el Frente Amplio, que encuentran allí el eco de causas sociales que el Partido Colorado abandonó.
Si los sectores más radicales del Frente Amplio logran ganar espacio discursivo y marcar el tono del debate interno, la moderación del gobierno quedará tensionada. Y si ese proceso deriva en una mayor radicalización hacia 2029, una parte del electorado —especialmente la que valora la estabilidad, la gestión y el pluralismo— podría sentirse huérfana de opción. En ese escenario, un Partido Colorado reposicionado en su identidad liberal-social y preparado para asumir un papel constructivo y moderno podría captar una fracción de ese electorado y fortalecer su propio espacio político.

Pero más allá del reposicionamiento, la etapa que viene exige una verdadera refundación colorada. El Partido ya no puede limitarse a ajustar matices: debe reconstruirse desde abajo, en el territorio, en la militancia, en los barrios, en la educación cívica y en la recuperación de su lenguaje moral y social, ese que alguna vez supo poner la voz de la ciudadanía en la boca del pueblo.
El desafío no es solo “ocupar el centro”, sino crear un nuevo eje sobre el cual se organice la política uruguaya del siglo XXI: un eje de modernización del Estado, descentralización real, educación republicana y justicia como garantía ciudadana.
Desde allí puede emerger una síntesis liberal y social que devuelva a la política su sentido de servicio público.

Por eso, el desafío no es resistir la polarización, sino ofrecer un cauce sensato, moderno y empático. Un Partido Colorado reconstruido desde el centrismo liberal-social puede convertirse en el punto de equilibrio que Uruguay necesita para volver a crecer con justicia y estabilidad.

Madurez política o adolescencia ideológica

Reconocer los avances del país en materia social, de derechos o de innovación no implica adhesión partidaria, sino sentido de Estado. El desafío es mantener lo que funciona y corregir lo que se ha desviado, con gestión moderna y mirada republicana.
La política uruguaya necesita crecer más allá de los ismos. Lenin recordaba que los pueblos avanzan no por la pureza de sus causas, sino por su capacidad para corregirse a tiempo. Batlle y Ordóñez, al escribir “De pie, murió Lenin”, mostró que reconocer al otro no es debilidad, sino fortaleza republicana.
Hoy, tanto la izquierda como el Partido Colorado deben superar sus adolescencias ideológicas y construir una voz razonada y audaz. Porque en política, como en la vida, no vence quien grita más fuerte, sino quien sabe transformar la razón en acción con sentido.

No se trata de cerrar puentes, sino de tenderlos desde una identidad clara. Este llamado no excluye alianzas de gobierno: las exige sobre acuerdos programáticos previos al balotaje, que la ciudadanía pueda comprender y respaldar.

Para continuar leyendo EL DIA, por favor remueva su blockeador de avisos.  Gracias!