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Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
miércoles, febrero 4, 2026

Revolución eterna… salvo que falte el billete

Los rumores de una inminente invasión estadounidense a Venezuela se multiplican en redes sociales y pasillos políticos. Pero nada más lejano a la realidad. Lo que realmente ocurre en el Caribe no es un preludio de desembarcos ni tanques en Caracas, sino un cerco estratégico contra el narcotráfico que sostiene al régimen de Nicolás Maduro.

Desde hace más de una década, se ha documentado cómo el chavismo, primero con Hugo Chávez y luego con Maduro, permitió que los altos mandos militares se enriquecieran controlando “rutas de narcotráfico”. Esa fue la moneda de cambio para mantener su lealtad. El llamado Cartel de los Soles no es un mito: fiscales de Estados Unidos, investigaciones periodísticas y hasta confesiones judiciales de sobrinos de Cilia Flores lo han dejado al descubierto.

Hoy, Washington plantea una jugada distinta. Su objetivo no es ocupar Venezuela ni instalar un gobierno a la fuerza, sino asfixiar el flujo de dinero ilícito que alimenta la maquinaria chavista. Los buques, submarinos y aviones desplegados frente a las costas venezolanas no preparan un desembarco, sino que interceptan cargamentos de cocaína rumbo a Centroamérica, México y Europa. En la lógica de la Casa Blanca, cortando esas rutas, los generales dejan de cobrar su “sueldo paralelo”. Y cuando el bolsillo se vacía, la fidelidad al “comandante” se vuelve frágil.

Sumemos el factor psicológico: la recompensa ofrecida por la captura de Maduro: 50 millones de dólares, no por un presidente legítimo, sino por un narcotraficante señalado como líder del Cartel de los Soles. Ese monto no busca que un comando de SEALs entre a Miraflores, sino sembrar la sospecha entre los propios generales. Cada cena en el Palacio Presidencial se convertirá en un juego de miradas culpables: ¿quién será el primero en traicionarlo? ¿Quién tomará su fortuna existente, le sumará la recompensa y vivirá una vida de lujos en el exilio?

El régimen es hoy una casa aún de pie, pero carcomida internamente por las termitas. La economía formal colapsó, el petróleo ya no es la fuente de divisas de antaño y el sostén real es esas rutas ilegales que ahora están bajo asedio. Maduro puede gritar “amenaza imperialista”, puede movilizar a la milicia y posar con sus generales, pero el dinero fácil empieza a escasear. Y en la Venezuela chavista, cuando falta dinero, falta poder.

El futuro que  Washington espera es claro: Maduro huye hacia Moscú, donde Putin lo recibirá con honores de refugiado, o algún militar cercano decide cobrar el botín y entregarlo a la justicia. Si nada de eso ocurre, la presión continuará. El reloj corre y la historia muestra que ningún régimen basado en la corrupción perpetua resiste cuando los protectores empiezan a pensar más en su supervivencia que en la del líder.

Lo cierto es que el régimen de Maduro no es más que un narco-Estado disfrazado de revolución progresista. Un proyecto político que prometió justicia social, pero que terminó convertido en una maquinaria de saqueo, drogas y miseria. El chavismo creó la idea de una revolución eterna. Pero la realidad venezolana es otra: un cerco naval, sanciones financieras y desconfianza interna. Maduro no caerá por una invasión, caerá cuando sus propios generales dejen de creer que él garantiza su fortuna. Y cuando ese pacto se rompa, ya no habrá retórica bolivariana ni discursos de resistencia que lo salven.

La caída parece inevitable. No será rimbombante. Será silenciosa, casi burocrática: un avión que despega rumbo a Moscú, una firma de traición en un cuartel, una recompensa cobrada en secreto. Así suelen terminar estos regímenes: ahogados en su propia corrupción, traicionados por sus cómplices y condenados a quedar en los libros de historia no como libertadores, sino como traidores que vendieron la justicia por droga y la patria por dólares manchados de sangre.

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