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Montevideo
Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
jueves, enero 22, 2026

Después de una campaña fría, atípica y de las peores de nuestra tercera etapa democrática (1985-actualidad), y, aun faltando asistir a una segunda vuelta, la ganadora, por suerte y para bien de nuestra democracia, fue la partidocracia. Uruguay es una república de partidos estable y por lo visto seguramente lo seguirá siendo. ¿Por qué? En la ciencia política moderna se acepta de forma casi homogénea que las democracias actuales no pueden subsistir sin partidos políticos. Además, en un contexto con democracias de baja calidad en lo que respecta a buena parte de nuestro continente, con partidos que aparecen y desaparecen de una elección a otra, formados en torno a personas y no a programas e ideas, aquí quedaron todavía vigentes nuestros partidos, permitiendo así la posibilidad de una mirada y confianza a mediano y largo plazo.

Fue un claro triunfo de la partidocracia uruguaya, porque más allá de casos puntuales de personalismo, que, en mayor o menor medida, se encontraron y se encuentran en las campañas, viendo los resultados electorales con su reflejo en las bancas de ambas cámaras del parlamento (principalmente en el senado) se nota la prevalencia de los históricos partidos uruguayos que se mantienen presentes elección tras elección. Ellos mantienen una presencia hegemónica en torno a ideas y programas de gobierno. Aquellos partidos, que se configuran en torno a figuras circunstanciales y no entorno a un proyecto, tuvieron una votación marginal como es el caso del derrumbe electoral de Cabildo Abierto. Ante la fortaleza de nuestro sistema de partidos, el éxito electoral de estos casos ha sido siempre fugaz. Los uruguayos seguimos votando a través de los partidos políticos, al punto que el voto a los partidos siempre supera el 90% de los votos emitidos.

Igualmente, parece querer volver a la arena política una discusión decimonónica: el fusionismo. Un debate que vivimos en las primeras décadas de nuestra vida como país independiente. En la actualidad, vuelve a tomar fuerza la idea fusionista, la cual, ojalá vuelva a fracasar.

Nuestra constitución y leyes electorales no permiten la presencia de coaliciones, uno solo se puede presentar a cargos electivos a través de partidos políticos. Ello provoca que, por un lado, el Frente Amplio, aunque se lo confunda como una coalición, realmente es un partido con fracciones en su interior, mientras que, por el momento, la coalición multicolor o republicana es una coalición de varios partidos independientes entre sí. Por ese contexto, y por nuestras leyes electorales y sistema de distribución de bancas en el parlamento, el Frente Amplio corre con ventaja por sobre la coalición en lo que es la obtención de mayorías en una o ambas cámaras.  

Si dicha situación la razonamos como estrategas y con una visión cortoplacista, por supuesto que la teoría fusionista es la mejor decisión para la coalición de gobierno. Pero, como defensor de nuestra democracia plena, de nuestra partidocracia, con una visión institucional, estimamos que sería un gran error. Diríamos que sería una lástima que partidos con tanta historia y tradición (además de ser, colorados y nacionalistas, dos de los partidos más antiguos del mundo) desaparezcan para comparecer como un partido nuevo. Por eso, quien habla es más cercano a la visión de la lucha contra la fusión de los partidos tradicionales dada en su momento.

Por último, desde mi perspectiva, se avizora un balotaje muy parejo, pero con un leve favoritismo hacia la formula opositora de Yamandú Orsi y Carolina Cosse por encima de la formula oficialista de Álvaro Delgado y Valeria Ripoll. Eso se debe por una doble cuestión; la primera netamente estadística y la segunda, surge de esta reciente elección pasada. Por favoritismo desde la estadística, hago referencia a que, históricamente,⁶ en todos los actos eleccionarios de la segunda vuelta las diferentes fórmulas del Frente Amplio han votado mejor en comparación con la primera vuelta, mientras que la fórmula de la coalición de los partidos tradicionales (y, actualmente, los nuevos socios), siempre pierden votos de la primera vuelta al balotaje.

El argumento de que la coalición, a diferencia del pasado, cuenta actualmente con la experiencia para no permitir ese traspaso importante de votos no sería válido. Quienes votaron por la formula opositora (que representa a un único partido) no tendrían motivo para moverse ya que, su candidato sigue en competencia. Por el contrario, para los votantes de los partidos socios del candidato oficialista, tienen que moverse hacia un candidato que no es el propio, ya que, aunque forman parte de una misma coalición, no lo hacen a nivel partidario, y aquí juega no solo lo racional sino también lo emocional o sentimental. Es un error, incluso una ingenuidad, pretender contabilizar como votos a la formula oficialista la suma lineal de todos los votos obtenidos por los partidos de la coalición. 

En segundo lugar, aunque ni el Frente Amplio ni la coalición republicana tienen mayorías parlamentarias propias en la cámara de representantes, el FA si logró consolidar una mayoría absoluta propia en la cámara de senadores y, aunque no tiene la mayoría absoluta en diputados, quedo a una corta distancia de 2 votos, lo cual lo deja a Orsi en una posición más cómoda en cuanto a gobernabilidad si se lo compara con Delgado. Al mismo tiempo, no es algo trivial tener mayoría absoluta en el senado ya que no se puede desconocer la importancia de la cámara de senadores en varios campos fundamentales establecidos por la Constitución de la República. Por ejemplo, la votación de venias para cargos no electivos como directorios y directores generales, elección de embajadores, ascensos militares, entre otras funciones claves.

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