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Montevideo
Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
jueves, enero 22, 2026

Uruguay está a apenas días de las elecciones nacionales, pero no se siente como tal. Probablemente esta sea la instancia de mayor apatía partidaria desde la vuelta a la democracia. El silencio electoral en la interacción social general me resulta estruendoso, aunque no me lleva a preferir la virulencia de los comicios anteriores ni contagiarme de la polarización vecina o estadounidense. 

Ahora bien, la sociedad está cambiando y los espacios partidarios se han vaciado de referentes de calibre como los que el siglo anterior, particularmente el batllismo, supo albergar. Creo que es simplificador y anacrónico pretender la vieja política, pues también implica romantizarla en sus facetas más insalubres. Lo desagradable no es el cambio social, en absoluto: es la indiferencia partidaria, cuando lo partidario socialmente no da lo mismo. ¿Somos más individualistas cuanto más conectados? ¿Somos todos políticamente más ignorantes? ¿Fuimos desahuciados? ¿Estamos sobreestimulados? ¿Es la apatía causa y consecuencia? 

Quizás sea una dicotomía entre falta y exceso de información. En una sociedad con una amplitud atencional cada vez más reducida, es difícil hacer campaña. Pero no considero que eso nos merezca una campaña peor. 

Hoy el algoritmo de Tiktok me hizo llegar un video de un joven, que claramente tendrá su primera elección, haciendo un meme sobre no tener idea qué votar ni en qué consiste cada partido. Los comentarios de otros adolescentes y jóvenes eran abrumadoramente en la misma sintonía o exhortando a votar a Ojeda –estos últimos, casi en su totalidad, eran varones.

Puedo entender la tracción de Ojeda después de posicionarse como novedoso y disruptivo. Lo que no debería suceder es que la estrategia de banalizar la política capte votos. Encuentro tan desalentador como curioso que el enfoque en el gimnasio, el zodíaco, la ridiculización de tanto Álvaro Delgado como Yamandú Orsi con uso de inteligencia artificial, o posar con perros, sean puntos efectivos en parte del electorado. Puede tildárseme de injusta en cuanto a que detrás de Ojeda hay un marco programático del Partido Colorado con muchos contenidos, entre los cuales Ojeda destaca la salud mental y el bienestar animal, pero no creo exagerado preguntarme sobre su autenticidad cuando rápidamente califica de psicópata a una periodista por reportar su supuesto vínculo amoroso con una mujer apasionada por la caza de animales salvajes.

Dicho esto, quiero enfatizar en qué tipo de mensajes da el espectro político sobre las masculinidades. ¿Por qué hacer simbología electoral con la fortaleza de la musculatura? ¿Por qué deslizar que sus competidores no están en forma para correr una carrera? A la histórica relación entre la apariencia física y el éxito electoral, se suman los ideales de género que la generación Z tiene particularmente engranados por las redes sociales. No es casualidad que es la primera generación donde la sensibilidad social está diferenciada por género: mientras que las mujeres en general se tornan más progresistas, los varones tienden a recrudecer su conservadurismo. Asimismo, es relevante notar que la autoestima corporal es de las más vulneradas en estas nuevas generaciones. En una campaña tan focalizada en la salud mental, vale cuestionarse hasta qué punto ayudamos a la autoestima adolescente reforzando los ideales estéticos masculinos. No sería menor, considerando que los varones no reciben la misma habilitación para conectar y expresarse sobre estos temas que las mujeres. 

En mi nota previa he señalado cómo la cuestión de género ha logrado instalarse en el mainstream político al punto de ser tratada en cada uno de los programas partidarios, ya sea para respaldarla como para eliminarla. Cierro estos apuntes con una última reflexión. En mayo de este año, el proyecto de ley de paridad de la senadora Gloria Rodríguez del Partido Nacional fue rechazado en el Senado. Rodríguez contó con el apoyo de la bancada del Frente Amplio, de Beatriz Argimón y de Carmen Sanguinetti. No es mi interés aquí analizar la pertinencia de esta ley, sino que plantear lo siguiente: si los argumentos desde la coalición oficialista para el rechazo son de índole democrático-representativos, y no desde una lógica patriarcal de mantener el poder generizado, debería serles fundamental el compromiso para que las mujeres hallen en la política el mismo trato que los hombres. Los días de sexualizar a compañeras pensándolo como elogios son tan vigentes como esta misma semana, con Delgado tratando de “bombón” a su propia compañera de fórmula. Las mujeres merecemos el espacio sin ser enmarcadas en la otredad, sin ser condicionadas a nuestra feminidad percibida. Merecemos sentirnos igual de cómodas y escuchadas. 

Me rechina este silencio electoral y puede que esté para quedarse. Pero si debiera convalidar la indiferencia, me gustaría que viniera de la clase política: una estruendosa apatía hacia los cimientos más problemáticos de las masculinidades, viejas y nuevas.

 

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