A la última década le sobran fenómenos transformativos para el ideario social, dinamizados por la inmediatez de las redes sociales y la profundización de su efecto democratizador sobre el intercambio y la difusión de contenido.
La cuarta ola del feminismo fue especialmente efectiva en exigir al sistema político una actitud de compromiso –o aparentar el mismo- con respecto a la lucha contra la desigualdad de género. Aunque ferozmente resistida, la identificación del patriarcado como un sistema vivo y transversal a todas las personas eventualmente alcanzó el mainstream del debate social, más allá de la esfera de los colectivos militantes y de la izquierda que históricamente supo impulsarlos.
En este sentido, las elecciones de 2024 encuentran al género como un eje al que no se le puede ignorar. A la hora de presentar las bases programáticas de cada partido, ya fuera desde un propósito de reivindicación, de saludo a la bandera o de demonización, el género siempre está abordado.
Como educadora sexual, no es de extrañar que me interpele la relación de esta área en específico con las problemáticas de género. Nuestra sexualidad nos acompaña desde el útero hasta la muerte y es una parte sustancial de nuestra identidad y vivencia humana, comprendiendo toda variable de impacto sobre cómo nos vinculamos con nuestros cuerpos y el de las otras personas, y determinada a través de una tríade de factores biopsicosociales. La sexualidad no comienza ni termina con los vínculos sexoafectivos, ni con procesos biológicos como el embarazo o el climaterio, ni tampoco con nuestra genitalidad. Considero fundamental señalar, entonces, que aquí no hay una simple conexión entre la educación sexual y el género, sino que la primera es medular para la construcción o deconstrucción del sistema que ordena a este último.
Lo que partidos como Cabildo Abierto e Identidad Soberana identifican en sus programas como una ideología, no es más que la aplicación de conocimiento científico de áreas como la psicología, la sociología, la antropología, la medicina y la biología, por nombrar algunas. Irónicamente, una verdadera ideología de género es la que estos partidos reivindican: un postulado moral de normas sin respaldo en la evidencia empírica de la sexualidad, que probadamente sitúa un sexo por sobre el otro y donde todas las personas quedan constreñidas a expectativas subjetivamente impuestas, nutridas por valores de corte religioso y que confunden conceptos claramente delineados, como el sexo con el género, o la identidad de género con la orientación sexual, o la función sexual con la función reproductiva. En esta línea, una de las más graves acusaciones de la ideología de género de Cabildo Abierto es que la perspectiva de género –lo que realmente está comprendido en la educación sexual integral (ESI)- supone una sexualización de las infancias. Esto es muy interesante, en la medida que no se comprende que matrizar a las infancias hacia ciertos comportamientos por expectativa de género es el verdadero adoctrinamiento, y no el acompañamiento de su desarrollo psicosexual donde la formación de su identidad sea un camino propio, libre y seguro. La prevención de abuso sexual y explotación infantil que el programa de Cabildo Abierto sostiene como lineamiento no puede implementarse sin un tratamiento integral de la educación sexual.
Dicho esto, si viramos hacia el Partido Nacional, la educación sexual no es mencionada en ningún momento del programa, incluyendo en el apartado de género, que hace especial énfasis en aspectos punitivos y de recursos puntuales para el combate de la violencia de género. En el programa del Partido Independiente y sus propias directrices sobre género, la educación sexual como herramienta tampoco es mencionada. Sería relevante reflexionar que la premisa de que la prevención de un problema es mucho más sencilla que su corrección es también cierta en política pública de género, y que sin un plan de acción de transformación desde donde se gesta el tema, el Estado uruguayo está condenado a correrlo desde atrás.
Considero que los programas más aproximados a este análisis son los del Frente Amplio y el Partido Colorado. El Partido Colorado hace un desglose de una “educación integral” como continuación de la transformación educativa, dándole un tinte novedoso a temáticas que trabajamos en ESI, como la educación emocional, la violencia sexual y el bullying. No obstante, la educación sexual en sí es mencionada en otra sección como apenas un concepto más de un listado. En este sentido, el programa presentado por el Frente Amplio es el único en identificar claramente la educación sexual integral como una medida de prevención y lucha contra las desigualdades de género.
Una vez finalice este proceso electoral, restará poner a prueba la eficacia de sus vencedores en combatir estas problemáticas desde la raíz. Hago mías las observaciones de referentes de renombre sobre ESI y género con quienes tuve el gusto de debatir sobre la aplicación de estos temas en las políticas públicas integrales: podremos diseñar, repensar y ajustar un montón de medidas, pero la voluntad política partidaria aún no está saldada.
Josefina Insua es Licenciada en Estudios Internacionales por la Universidad ORT, y Educadora Sexual y Operadora en Violencia basada en Género y Generaciones por la Sociedad Uruguaya de Sexología. Actualmente cursando una maestría en Género con orientación en Políticas Públicas Integrales (FLACSO Uruguay)


