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Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
miércoles, febrero 4, 2026

En una noche de noviembre y ante un final electrizante, como si de un clásico por finales del uruguayo se tratara, Yamandú Orsi y el Frente Amplio regresaron al poder, poniendo fin a un quinquenio de gobierno multicolor encabezado por la estrella en retirada, Luis Lacalle Pou. En una elección marcada por la alta popularidad del gobierno saliente y el retorno de muchas caras conocidas del progresismo, el resultado dejó a todos con la misma pregunta: ¿qué diablos pasó? Y como suele ocurrir en Uruguay, donde los cambios son más lentos que el tráfico en Tres Cruces, las elecciones dejaron una mezcla de lecturas: ¿fue esto un voto de castigo, un capricho del destino o simplemente otro capítulo del realismo mágico político uruguayo?

Luis Lacalle Pou, el hombre que elevó el prestigio presidencial a niveles escandinavos, más de la mano de una agencia de publicidad a su servicio que en miras de la gestión propiamente dicha, se va con índices de aprobación que harían llorar de envidia a cualquier político. Sin embargo, su delfín, Álvaro Delgado, terminó segundo en esta carrera, demostrando que en política no existe “herencia”. Delgado era eficiente, sí, pero carecía de esa mezcla de carisma y show mediático que define a los líderes modernos.

El oficialismo pecó de exceso de confianza. Creyeron que la imagen positiva de Lacalle y los cortes de cintas compulsivos, bastarían para garantizar la continuidad. Pero, la gente necesitaba otra cosa, simplemente no está dispuesta a esperar que “el derrame” le llegue al plato. La coalición republicana, liderada por Álvaro Delgado, llegó a noviembre con el cartel de favorita. Era lógico, gobernaron cinco años, el presidente Lacalle Pou se despide con números de aprobación dignos de un póster motivacional, y en octubre la suma de los votos multicolores superó al Frente Amplio. Pero como dice el refrán: “Del dicho al hecho, hay un balotaje”.

Cabildo Abierto, ese socio incómodo, duramente cuestionado y combatido por los demás socios en todo el periodo, puede ser hoy la llave de una nueva configuración del tablero político a futuro. Las tensiones entre el partido de Guido Manini Ríos y el resto de la coalición se hicieron evidentes cuando algunas figuras de Cabildo dejaron entrever antes del ballotage, sus dudas sobre Delgado y el proyecto multicolor en caso que se perdiera la noche del 24. Aunque oficialmente apoyaron al candidato blanco, su entusiasmo fue tan tibio como un mate olvidado en la mesa, e incluso ya hay versiones de que existe un acuerdo para que la mayoría en la cámara baja, que no había sido conquistada por el Frente Amplio, sea lograda a través de Cabildo Abierto. Sinceramente no me sorprendería, el tema es ver cual es el “costo” de ese apoyo y si el futuro gobierno estaría dispuesto a “pagarlo”.  

Por su parte, el Partido Colorado, histórico bastión de la política uruguaya, tampoco hizo gala de unidad. Mientras el líder colorado, Andrés Ojeda, mantenía su fidelidad a Delgado, sectores identificados con el Batllismo, se descolgaron para apoyar a Orsi, un movimiento que el propio Ojeda, calificó como “insignificante”. Pero, como diría cualquier estratega político: en una elección cerrada, nada es insignificante. En la misma tónica el expresidente Julio María Sanguinetti expresó, respecto a los batllistas críticos, que “son pocos, pero molestan bastante” … No sé si somos tan pocos, y seguro molestamos mucho porque no vemos hoy en el Partido Colorado el talante y la impronta que debería tener el batllismo ante la realidad política. Y será casualidad o no, pero los batllistas en mayor o menor medida volcaron la balanza, mientras Ojeda “googleaba” los nombres de esos dirigentes.

Yamandú Orsi, ese político que parece más un buen vecino que un líder revolucionario, logró lo impensado: unificar a una izquierda que, tras su derrota en 2019 parecía destinada a un largo periodo de reflexión. Su estrategia fue brillante en su simplicidad. Mientras la coalición republicana se enfrascaba en discusiones internas y polémicas menores, Orsi apostó por un mensaje de conciliación, moderación y pragmatismo, inclusive hacia afuera del Frente Amplio. En resumen, hizo justo lo contrario de lo que llevó al Frente Amplio al desgaste en el pasado.

Eso sí, no nos engañemos, el triunfo de Orsi no significa un cheque en blanco para el Frente Amplio. Al contrario, la ciudadanía está cansada de promesas incumplidas y discursos grandilocuentes. Si algo dejaron claro las urnas es que los uruguayos quieren soluciones concretas a los problemas cotidianos, no basta con el apego ideológico ni con buenas intenciones, lo que importa es la acción. 

¿Qué nos espera en el horizonte? En lo inmediato, un país gobernado por un Frente Amplio que deberá aprender de sus errores y no caer en los excesos de su pasado reciente. Orsi tiene la oportunidad (y la responsabilidad) de demostrar que puede liderar con pragmatismo y efectividad, sin caer en la tentación de las políticas grandilocuentes que tanto daño hicieron a la izquierda en su anterior gestión. En campaña anunció medidas que ya son esperadas con alta expectativa por la ciudadanía, el bono a los escolares, el acortar los tiempos de espera para la atención de especialistas, la convocatoria a un dialogo para la reforma del sistema previsional, entre otros. 

Por su parte a la coalición republicana, en lo personal, no le veo mucho futuro. Ya desde el Partido Colorado hay voces críticas y reflexiones acerca de la viabilidad y conveniencia de seguir siendo un “apéndice” del Partido Nacional, lo cual ha alejado principalmente a los sectores de izquierda republicana que no se sentían cómodos, ni representados en esta lógica bipartidista que de hecho se impuso con el ballotage. Sin lugar a duda, el batllismo no se siente cómodo dentro de las filas coloradas. La perdida de la corriente de pensamiento más importante de la historia del país, apela a los colorados, quienes deberán decidir si siguen siendo un matrimonio por conveniencia con los blancos o si puede reinventarse como un partido coherente y creíble que le dispute el espacio al Frente Amplio. No será tarea fácil, especialmente después de un resultado que dejó más egos heridos que elecciones ganadas, y donde tampoco se visualizan dirigentes con la formación y el convencimiento a las ideas de Batlle y Ordoñez.

El panorama político uruguayo, aunque complejo, no es motivo de pesimismo. Uruguay ha demostrado una vez más la solidez de su democracia, con elecciones limpias, debates abiertos y un cambio de mando que se da en paz, respetando la voluntad popular. En el plano institucional, la alternancia es una señal de salud democrática; en el plano social, un recordatorio de que las soluciones a los problemas nacionales nunca están en manos de un solo partido.

En el fondo, lo que quedó claro el 24 de noviembre es que Uruguay sigue apostando a la democracia, a la pluralidad y a la posibilidad de construir un mejor futuro, juntos. Si hay algo que nos une como país es nuestra capacidad de mirar hacia adelante con optimismo, sin importar quién esté en el poder. El regreso del Frente Amplio al gobierno no debe interpretarse como una reivindicación de sus políticas previas, sino como una prueba más de que el electorado uruguayo exige transformaciones reales y rechaza proyectos políticos que no responden a sus necesidades. Al mismo tiempo, la derrota de la coalición republicana evidencia que el marketing político no puede sostenerse indefinidamente cuando no está respaldado por resultados concretos.

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